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Tuesday, 28 March 2017
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El fallecimiento de uno de los líderes más respetados de la izquierda en Colombia, deja no solo una vacío en esa colectividad sino que significa el fin de un capítulo para el progresismo en el país.

 

                       

 

 

 

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Mauricio Jaramillo-Jassir

Politólogo

Profesor de la Universidad del Rosario y de la Escuela Superior de Guerra, en Bogotá Colombia

 





En las últimas décadas, la izquierda había aparecido fragmentada en buena medida, porque no ha habido una sola interpretación sobre la postura a asumir frente al gobierno en el tema de la paz, el acercamiento con otros sectores, o simplemente por enemistades que han surgido en el seno de algunas colectividades de esa filiación.

Gaviria le imprimió a la izquierda colombiana una vocación profundamente humanista, que terminó de confirmar la ruptura de la izquierda democrática con la armada alejada de esos principios, pues no existe ninguna forma más directa de contradecir el humanismo que poniendo al ser humano como instrumento. El desprecio por la vida que durante décadas y especialmente en los noventa comprobaron las guerrillas, solo demuestra la incompatibilidad entre lo expuesto por el ex magistrado Carlos Gaviria y la denominada combinación de las formas de lucha.

Ahora bien, el legado de Carlos Gaviria sobrepasa a la izquierda y se inscribe más bien en un ideario que reivindica una titularidad de derechos, que durante décadas millones de colombianos no han ejercido en parte por la precariedad del Estado, la crudeza del conflicto, y en buena medida valga reconocerlo, por una profunda convicción conservadora que ha impedido una inclusión catalogable como universal. Aunque gracias a la labor de Gaviria se avanzó en temas como la eutanasia y el aborto, es indudable que aún existen serias amenazas contra la promoción del pleno goce de derechos de algunas comunidades que siguen sufriendo la discriminación. Sobresale en este panorama la Procuraduría, enemiga de conquistas sociales de la Constitución de 1991, y de algunas sentencias de la Corte Constitucional.

A pesar de que la vigencia de las ideas de Carlos Gaviria parezca indiscutible, la Colombia de hoy atrapada en la polarización, parece desconocer los avances que se habían logrado. Recientemente y a propósito del debate sobre la adopción por parte de parejas del mismo sexo, salieron a relucir posturas claramente discriminatorias que incluso se escudaban en la ciencia, para justificar lo que en el siglo XXI es inexcusable como considerar la homosexualidad como enfermedad. Se trata de una apología a la discriminación que no debe tener cabida en una Universidad encargada de formar jóvenes para que sean tolerantes, en una sociedad que durante décadas ha solucionado sus problemas con dogmas.

La muerte de Gaviria, trágica como todas, invita a la reflexión sobre la intolerancia como instrumento

político de la izquierda y de la derecha, y que sigue haciendo un profundo daño a generaciones que no

conocen ninguna posibilidad de convivencia.

 

       

 

 

 

 

 

La Junta Directiva del Banco de la República de Colombia se encuentra en una encrucijada bien compleja de dilucidar. 

 

 

 

  

 

 

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Gonzalo Palau Rivas

Economista

Profesor de la Universidad del Rosario, Bogotá Colombia








 

 

La coyuntura por la que está atravesando la economía no es fácil de definir y por lo tanto no existe la claridad necesaria para la toma de decisiones correctas y apropiadas en materia económica.

De una parte es de público conocimiento que la economía colombiana fue tal vez la de mejor desempeño en toda América Latina a lo largo del año 2014, con excepción únicamente de la de Panamá, pero hay que reconocer que la situación económica de este último país es y ha sido totalmente atípica por razones históricas y geográficas que no es necesario traer a colación en este momento. La sola obra de ampliación del canal interoceánico es algo de gran impacto pero que solo se puede dar en este país.

Para Colombia, el resultado final del 2014 arroja un crecimiento real del PIB del 4.6%, que seguramente genera envidia a nivel del resto de los países de la región. Sin embargo, una historia es lo que ya ocurrió y otra historia es lo que está por venir. Al descomponer por trimestres el crecimiento total en el año, se observa una fuerte desaceleración en el tercer trimestre y especialmente en el cuarto período. De haberse sostenido la tendencia de la primera mitad del año, seguramente el crecimiento total hubiese estado por encima del cinco por ciento, tal como lo tenía previsto el gobierno en sus pronósticos iniciales.

La tremenda caída del precio internacional del petróleo y de otros productos mineros, de los cuales deriva su mayor impulso la economía colombiana, dio al traste con las expectativas favorables a comienzos de año. Sin embargo, lo más preocupante está en el hecho indiscutible que esas perspectivas son ahora mucho más negativas para el año de 2015, que acaba de comenzar. Mientras el gobierno nacional, según testimonios y declaraciones públicas del ministro de Hacienda se aferra casi más por orgullo que por convicción, a un crecimiento entre el 4.3% y el 4.5%, el mismísimo Banco Central ya se bajó de esa nube y sorprendió a la opinión pública en el mes de febrero cuando se atrevió a vaticinar un crecimiento de apenas del 3.6%, en el mejor de los casos.

Proviniendo esta perspectiva de fuente tan autorizada como el Banco Central, el efecto en cascada sobre otros actores que permanentemente están mirando y consultando la famosa “bolita de cristal” no se hizo esperar. Los más pesimistas, o como se suele decir los mejor informados, ya han salido a prever tasas de crecimiento por debajo del 3.0%, cifra absolutamente inaceptable para un país con tantas necesidades sociales por atender y satisfacer. En el marco de este nuevo escenario, el Banco de la República suspendió desde agosto la tendencia a subir su tasa de interés pues dejó de tener validez el principio según el cual, la economía había llegado al tope de su crecimiento natural sin generar presiones inflacionarias. Por el contrario, ya se escuchan voces autorizadas que claman y solicitan que el Banco revierta su postura y retome la senda de disminuciones en la tasa de interés con el fin de estimular el aparato productivo e impulsar el crecimiento.

El problema para tomar esta decisión es que la inflación, que en los últimos cinco años había estado totalmente bajo control llegando a ser el mayor logro de política económica, está mostrando síntomas inequívocos de recrudecimiento hasta llegar a colocarse por encima de la meta del 4.0% anual, establecida desde un principio por la autoridad monetaria.

Que la inflación se reavive un una coyuntura de crecimiento acelerado tiene cierta lógica y es ahí cuando un banco central debe poner freno a través de instrumentos de contracción monetaria (básicamente alzas en la tasa de interés). Pero que el resurgir de la inflación se dé en un entorno de desaceleración y es6tancamiento como el ya comentado en la segunda mitad del 2014, es algo hasta cierto punto paradójico y que deja a la autoridad monetaria en el peor de los mundos. Para reactivar la economía debería bajar la tasa de interés pero para apagar el hervor de la inflación, debería decidir lo contrario. Europa y Japón no han tenido problema alguno con aplicar política monetaria expansiva con inflaciones del cero por ciento, o incluso por debajo de cero.

En Colombia, por el contrario, se está dando una fuerte desaceleración pero con recrudecimiento de la inflación. Algo así como la antesala del peor de los escenarios definido en los textos de teoría económica como “estanflación”.

¿Por qué se está dando esta coyuntura tan poco deseable? Claramente la fuerte depreciación del peso colombiano, así como muchas otras monedas de la región, ha encarecido el costo de un gran número de productos de consumo provenientes del exterior, lo mismo que de gran cantidad de materias primas indispensables para los procesos productivos. Más temprano que tarde esto repercute en los precios de los bienes finales que conforman la canasta familiar.

Ante tanta ambigüedad e incertidumbre, los miembros de la Junta Directiva del Banco han optado  en sus últimas reuniones por la vía intermedia, o sea dejar las cosas quietas y no introducir cambios en ningún sentido. Esta actitud sin embargo, no es sostenible en el tiempo y muy pronto será inevitable tomar definiciones en uno u otro sentido.

 


 

La canciller colombiana ha salido a rechazar con particular vehemencia y acaloramiento las sanciones impuestas por los Estados Unidos al régimen despótico de Nicolás Maduro.

 

 

 

 

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Vicente Torrijos

Economista

Profesor de la Universidad del Rosario, Bogotá Colombia









 

 

El ardor de la Canciller resulta deconcertante e invita a reclamar tacto, prudencia y mesura, por varias razones.

Primero, porque el arrebatamiento no es buen acompañante de las funciones diplomáticas y, aunque estilos hay, unos son más eficaces que otros al momento de fortalecer ( u horadar ) los intereses nacionales.

Segundo, porque no se trata de un asunto que afecte a Colombia sino a una camarilla que se ha instalado en Miraflores para expropiar, perseguir, reprimir, encarcelar, oprimir, denostar, intimidar y solazarse. 

Pero, claro, cuando un gobierno se compenetra tanto con el absolutismo de la familia Castro, del Secretariado, de Diosdado y de Carondelet, llegando incluso a desarrollar negociaciones ( ¿ secretas ? ) con Ortega a despecho de la integridad territorial, tarde o temprano termina asimilando la conducta de tan execrables compañías.

Tercero, porque al salir en defensa de Maduro y su nomenclatura, la canciller se pone al servicio de una dictadura sin el menor rubor, alimentando así los apetitos de los socios del chavismo que, desde La Habana, acechan para asaltar la democracia colombiana valiéndose, precisamente, de la candidez que exhibe la Ministra, reflejo, en todo caso, del contagio que padece la Casa de Nariño.

Cuarto, porque lo peor que puede sucederle a un canciller es pensar con el deseo hasta el punto de sostener que “las sanciones de un país a otro no llevan a nada” cuando la historia diplomática está plagada de experiencias positivas contra el autoritarismo aunque, eso sí, las sanciones suelen fallar cuando los vecinos del redentor se ponen de su lado y lo arropan con su complicidad.

Y quinto, porque con cierto cinismo apela a la empalagosa semántica del "diálogo" directo entre Estados Unidos y Venezuela cuando, a juzgar por su propia conducta, lo que San Carlos entiende por diálogo no es más que dilación, encubrimiento y, sobre todo, legitimación de las prácticas totalitarias, todo ello a cambio de que antes de las elecciones de octubre los escuderos de las Farc le ayuden al Presidente a tener la firma de Timochenko en un papel. 


  

 

 

 

 

La inclusión de un grupo de militares activos para el equipo de negociaciones con las FARC, por parte del gobierno marca un nuevo rumbo en los diálogos.

                       

 

 

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Mauricio Jaramillo-Jassir

Politólogo

Profesor de la Universidad del Rosario y de la Escuela Superior de Guerra, en Bogotá Colombia

 





 

Con la decisión, el gobierno de Juan Manuel Santos comprueba, una vez más, que aunque el proceso de paz actual esté lleno de dificultades innegables y que incluso esa administración ha reconocido, se trata del gobierno colombiano que más ha avanzado en la historia de las negociaciones con esa guerrilla. 

La llegada de los altos oficiales, además, demostraría un avance en un tema clave en este proceso: la formalización definitiva del cese al fuego permanente por parte de la guerrilla, y el posterior desarme de la misma.  El gobierno no sólo gana en el tema porque avanza de manera concreta, sino porque convierte a los militares y policías en protagonistas del proceso. 

Es apenas justo que habiendo vivido la peor cara del conflicto, sean los militares actores de primera línea del tema. Esto probablemente para algunos ponga en tela de juicio la neutralidad de los militares respecto de la política. No obstante, es evidente que tal anhelo es imposible de concretar. Por más que se promulgue de esa forma, las Fuerzas Militares cumplen por su misma naturaleza una función política, pues defienden valores profundamente permeados por las ideologías.

A su vez,  el gobierno se adelanta a las críticas que sugerían divisiones en el seno de militares y policías. Otras versiones apuntaban a la falta de sintonía entre el pensamiento de la fuerza pública y la postura del General en retiro Jorge Enrique Mora Rangel, escogido por el gobierno como negociador. Más allá de esos rumores y de que sean infundados o no, lo cierto es que se abre un nuevo capítulo para las Fuerzas Militares, pues empiezan a trabajar en un terreno para el que se han preparado en los últimos años: la paz, y cada vez menos para la guerra.  

Finalmente, no deja de ser interesante el reconocimiento mutuo cada vez más expreso, y menos tácito entre guerrilleros y militares como rivales, y no tanto como enemigos. Este nuevo panorama probablemente significará el mayor desafío para la doctrina de seguridad colombiana, y se traducirá en un cambio paulatino del pensamiento estratégico militar y policial. Por ahora, el camino empieza con la participación cada vez más influyente de los militares en la negociación.

       

 

 

 

“La empresa colombiana de petróleo (ECOPETROL) deberá incrementar este año la exploración de nuevos yacimientos; de lo contrario tendrá que importar crudo mucho antes de lo previsto inicialmente desde mediados de esta década. La relación de éxito el año pasado, en las labores de exploración, fue de apenas el cincuenta y cinco por ciento para la petrolera estatal y del veinticinco por ciento para las asociadas.”

 

 

 

  

 

 

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Gonzalo Palau Rivas

Economista

Profesor de la Universidad del Rosario, Bogotá Colombia








 

Cualquiera que lea desprevenidamente este encabezado –debidamente entrecomillado- podrá pensar que es una seria advertencia sobre el futuro inmediato de la otrora joya de la corona y principal fuente de ingresos para el estado colombiano y tema de profunda reflexión para la baraja de candidatos propuestos para asumir, a la mayor brevedad posible, las riendas de la empresa.

La verdad es que el párrafo en cuestión está extractado de la edición de El Tiempo en su edición del sábado 14 del presente mes y corresponde a su vez, a la muy ilustrativa y pintoresca sección denominada “Hace 50 años”. Hecha la aclaración histórica, no está por demás hacer unos breves comentarios sobre la vigencia actual de esta vieja noticia. La abrupta caída de la acción en los mercados bursátiles (Bogotá y Nueva York), más que  a la estrepitosa caída del precio del barril,  obedece fundamentalmente a la misma perspectiva muy poco favorable que se reseñaba hace cincuenta años. El nivel actual de reservas probadas no va más allá de cuatro o cinco años. Un eventual retorno de los precios a US$100 dólares por barril poco o nada aliviaría las finanzas de ECOPETROL, dado que no hay mucho crudo por extraer y por consiguiente poco margen para atender la demanda externa al precio que sea. Es como tener progenitora pero ya fallecida.

Repitiendo la triste historia de hace diez lustros, el nivel reciente de éxito en materia de exploración ha sido muy bajo, a pesar de haber gozado de un período de bonanza en los precios y por consiguiente de unos excedentes de caja que han debido permitir resultados más que satisfactorios. Si la bonanza no permitió garantizar la sostenibilidad del negocio, ¿cómo se va a lograr este propósito, ahora en medio de la escasez y de las afugias? 

Alguien podrá argumentar que si ECOPETROL ya pasó por éstas y posteriormente disfrutó y gozó una transitoria pero importante bonanza, ¿para qué preocuparse? Respetuosos de la visión histórica del filósofo Maduro vigente en la región, exclamaríamos: “Dios proveerá y volverán las épocas de las vacas gordas”. Esperemos y confiemos más bien en que el candidato escogido por el “head hunter” para asumir la dirección de la empresa, sea plenamente consciente del tremendo reto que le espera y diseñe un plan estratégico que la convierta en una empresa verdaderamente eficiente y competitiva, además de impoluta e integérrima. 

Ahora bien, si el panorama  de la empresa más grande de la economía colombiana -cuya propiedad accionaria está repartida ochenta y nueve por ciento en poder del estado y once por ciento entre un número amplio de particulares- no es el más halagüeño posible, de características similares es la perspectiva para las finanzas públicas del  gobierno nacional.

Recordemos que hasta el año pasado y mientras duró la bonanza minera y especialmente la relacionada con la extracción y venta de petróleo y con precios internacionales por barril superiores a US$100, ECOPETROL transfirió al gobierno nacional a título de utilidades cada año una suma  muy cercana a los $10 billones (aprox US5.000 millones). Gracias a este apalancamiento el gobierno mantuvo una cierta holgura financiera en las disponibilidades de recursos para cumplir con los compromisos adquiridos a través de la ley de Gasto o Presupuesto Nacional y evitó tener que endeudarse más allá de lo que la ortodoxia recomienda.. La nueva realidad del negocio (precios internacionales cercanos a los US$50) golpea fuertemente  esta relativa abundancia y le genera al gobierno un serio problema para el cuadre de sus finanzas con respecto al actual 2015 pero especialmente para el 2016.

Fruto de esta situación ya se han producido dos efectos concretos: uno, el recorte de $6 billones en el presupuesto a ejecutar en el 2015 anunciado por el presidente Santos  -siendo el rubro más afectado la inversión pública- y la imperiosa necesidad de volver a diseñar una nueva reforma tributaria de carácter integral, que para infortunio de los contribuyentes se traducirá en nuevos impuestos o en incrementos en las tarifas de los ya existentes.

 


LA  GOBERNABILIDAD  SOSTENIBLE

Por Néstor-Hernando Parra

PALABRAS EN EL LANZAMIENTO DEL LIBRO

?ENTRE LA DEMOCRACIA Y LA BARBARIE?, Hotel Cosmos, Bogotá D.C. Colombia,  agosto 27 de 2003

 

Como bien lo ha anotado el Doctor Juan Manuel Santos en sus generosas palabras de presentación de mi cuarto libro, éste ha sido escrito desde la distancia, como fruto del repaso de nuestra historia independiente, así como de la revisión y serena reflexión sobre muchos de los episodios de la vida colombiana de más de cincuenta años, en  los  que he sido simple testigo, y en veces modesto actor del proceso de conformación de nuestra nacionalidad.

 

Reflexiones desposeídas de ambiciones

 

 

Kalman H. Silvert, mi profesor y decano de Ciencia Política en la Universidad de Nueva York, a la cual llegué después de intensas vivencias en la política, la educación superior y  las relaciones internacionales, me definía amigablemente como un ?inner? y un ?outer? de la política, es decir, en ocasiones activo participante y en otras observador atento y reflexivo. Ahora, en cumplimiento del papel que la cultura de nuestra sociedad me impone, en razón de la generación a la que pertenezco, me corresponde  ?rumiar? la historia que me ha tocado vivir en este excepcional laboratorio sociopolítico que es Colombia y poner en tinta negra sobre papel blanco el fruto de mis reflexiones. Este ejercicio ha sido lento y tiene la característica de que lo he realizado desposeído de cualquier ambición por el poder o de sus pequeñas parcelas, y de las limitaciones que  impone la satisfacción de conveniencias personales. La única pasión que me ha inspirado es la búsqueda de la salud democrática de Colombia y de América Latina, porque infortunadamente está maltratada en lo físico,  diezmada en lo económico, fracturada en lo social, confundida en lo político y pervertida en lo ético.

 

Ayudar a formar opinión propia

 

A quienes, como a mí, les ha tocado sufrir el proceso cruento de nuestra historia reciente y a los estudiosos de nuestro devenir histórico, mis palabras poco habrán de aportar. Por ello, ENTRE LA DEMOCRACIA Y LA BARBARIE está dirigido prioritariamente a la juventud, para que en forma comprehensiva y breve, los jóvenes hagan la revisión de los continuados episodios de ingobernabilidad y de sus posibles causas, y formulen  crítica razonada que les permita formar su propia opinión y ojalá generar convicciones y determinaciones. Por ello, en verdad, aquí no se presenta una hipótesis, ni se defiende una tesis, ese aporte corre por cuenta de  cada lector.

 

Todos sabemos que en el período de más de sesenta años de  nuestra historia contemporánea se ha formado el nudo gordiano del conflicto bélico, hasta hacer de Colombia uno de los países más violentos del mundo, en el que el negocio internacional del narcotráfico hace trenza simbiótica con la guerrilla, inspirada inicialmente en la protesta social, los contrainsurgentes y la delincuencia común organizada. Mientras, las formas y los ritos de la democracia se mantienen. Esta contradicción dialéctica hace casi imposible entender a los analistas de países avanzados, los que ya han alcanzado en buena parte los frutos de la democracia ?libertad, igualdad y solidaridad-, y también en cierto grado les cuesta admitir a nuestros hermanos en la pobreza, la exclusión social y la angustia vital del tercer mundo que continúan ensayando distintas rutas de superación.

 

Este libro trata de ser una guía iniciadora y motivadora para que los extranjeros nos vean más allá del tráfago noticioso diario de la criminalidad de la violencia, el hedor de las prácticas corruptas que compran voluntades, mientras las fuerzas de la economía internacional presionan por el desmantelamiento del Estado como corrector de las injusticias sociales y en cambio potencian el de la represión, provocando la desaparición o el debilitamiento de la dinámica colectiva y coercitiva de la sociedad. Así es como resurge la ley de la selva, la de SÁLVESE QUIEN PUEDA, norma totalmente contraria a la de CONVIVENCIA PACÍFICA Y CIVILIZADA CON BASE EN LA LEY, que es la de la civilización democrática que mueve la modernidad.

 

Insolidaridad y desprecio

 

La distopía de la fraternidad es la insolidaridad, es decir, la ley de la selva. Y así es muy difícil hacer sociedad y mucho menos construir nación. No se trata de desconocer a cada ciudadano su individualidad y el derecho a robustecer sus propias fortalezas. Lo que interesa es que todos y cada uno de nosotros nos reconozcamos como miembros de una misma especie, la más perfecta del universo, la que es capaz de crear como si fuera Dios, la que en su infinita diversidad de individualidades ha logrado dominar parcialmente a la misma naturaleza. De ese  principio nace el derecho a la vida y el respeto por la vida de los demás, que es el primero de los mandamientos fundamentales de la modernidad, el que tenemos que restablecer si queremos ser parte del mundo civilizado contemporáneo.

 

Adela Cortina, la filósofa kantiana que desde la Universidad de Valencia viene difundiendo pensamiento sobre la ética del individuo y de la empresa, ha puesto de relieve el tipo de poder que genera concentración de riqueza y también aporofobia, que es el desprecio al pobre, al débil, al que no tiene nada que ofrecer, que dar a cambio. No importan ni su raza ni su etnia, importa que no tiene con qué pactar: ni votos, ni dinero, ni prestigio. 

 

Como puede apreciarse, la aporofobia viene a ser la máxima muestra de insolidaridad en virtud de la discriminación económica, por el estigma de ser pobre, lo que le niega capacidad negociadora en un mundo en el que todo es susceptible de transarse con el dinero o con otras formas de pagar el precio. También es la negación de su capacidad política como ciudadano, porque hace parte de la mayoría abstencionista y por tanto no es tenido en cuenta en las periódicas consultas de renovación del poder, aunque, hay que recordar que algunos políticos recurren parcialmente a ese sector marginal para comprar su voto por dinero o por tejas de zinc para su casa de cartón de desperdicio basuriego, y en veces con simples promesas para la comunidad lúmpen, que nunca se realizan. En el concepto de aporofobia los pobres tampoco cuentan en lo social, porque no pueden aportar prestigio; por el contrario, para muchos son los indeseables, los ?reciclables?, presa apetecida de los grupos  nazifacistas que impunemente, de su recorrido por las noches lúgubres de las barriadas, dejan que la luz del nuevo día exhiba sus frutos macabros. Lo triste, lo vergonzoso, es que las estadísticas de la pobreza, de Colombia y de Hispanoamérica, crecen como en el Canto de Zalamea.

 

Insolidaridad de los capitalinos, que intentan esforzadamente pasar la cresta de la conflictividad, con los colombianos de las pequeñas poblaciones, villorrios apartados y abandonados a la mano de Dios;

 

Insolidaridad de la gente de las urbes con los labriegos y campesinos, víctimas de todas las fuerzas en conflicto, que se convierten en desplazados de su otrora pacífico entorno rural y se ven compelidos a engrosar las filas de la trashumancia, agrupados de manera indefinidamente transitoria en tugurios;

 

Insolidaridad de los blancos con los mestizos, con los negros, con los mulatos a quienes se niegan sutilmente oportunidades igualitarias;

 

Insolidaridad de los privilegiados todopoderosos con los desposeídos de todo.

 

Ante la cruda realidad que nos circunda, contraria a elementales conceptos de democracia  y civilización contemporáneas, parecería que instintivamente los colombianos adoptáramos la estrategia musulmana del disimulo, en la que el creyente, encontrándose en un medio hostil a sus principios religiosos y éticos, recurre al subterfugio de ocultar su filosofía, para pasar desapercibido, en busca de supervivencia,  pero sin renunciar a su creencia fundamentalista. En nuestro medio, ésta sería una conducta esperanzadora, por cuanto, al menos, el principio ?en este caso cristiano- de amor al prójimo no habría desaparecido, sino que se disimula para sobrevivir.

 

Radicalización y ocultamiento

 

Otra característica de los últimos decenios, y muy particularmente de años cercanos, ha sido la radicalización de la clase dirigente en su interior. En vez de enfrentar la realidad de la guerra irregular, del narcotráfico, de la delincuencia organizada, arma su propia guerra intestina y se radicaliza con cualquier buen aparente pretexto, racionalmente tintado de tonalidades moralistas. Con ello alimentan gustosamente a los medios de opinión que se engolosinan, desde el desayuno hasta la cena, con las truculencias verbales de los actores en las que prevalece la antropofagia por la vía mediática. Parecería una forma refinada de ocultar la realidad enriqueciendo el circo.

 

Guerra civil o guerra internacional

 

En cuanto el conflicto bélico y social de Colombia se internacionaliza y se entromete el Imperio, surge un problema de percepción por parte de los nuevos actores. ¿Lo miran acaso como una guerra civil? ¿O lo interpretan como una guerra contra el narcotráfico? En el primer evento, surgen prevenciones que impelen a no intervenir por tratarse de asuntos internos, de la órbita exclusiva de la autodeterminación. En el segundo caso, la situación es bien distinta por cuanto el flagelo del narcotráfico afecta en materia grave a la sociedad estadounidense y la de otros países altamente desarrollados, dada su calidad de consumidores de drogas psicotrópicas, por lo que el tema pertenecería a la dimensión internacional y la competencia de intervención norteamericana sería legítima, así como la de los demás países consumidores de cocaína y heroína, previo acuerdos con el gobierno nacional..

 

Independientemente de desatar esta indefinición, lo que conviene a Colombia es combatir, a toda costa, el narcotráfico y de esa forma deshacer la trenza que se ha formado entre insurgencia, como expresión acumulada del conflicto social, contrainsurgencia y el narcotráfico como fuente de financiación de las guerrillas que pretenden el poder para instaurar un nuevo orden. Resuelta esa imbricación, por debilitamiento del narcotráfico, resta el problema interno, el cual compete, casi de manera exclusiva, resolver a nosotros los colombianos. 

 

Perpetuidad de Factores Estructurales

 

Una de las conclusiones que el lector puede sacar del recorrido de dos siglos en busca de construir nacionalidad es que los factores socioeconómicos que fueron heredados de La Colonia tienden a perpetuarse.  La tierra sigue siendo negada en propiedad a quienes la trabajan, los viejos latifundios se mantienen intactos y nacen nuevos como fruto ilegítimo de la violencia.  Durante los últimos decenios, la reforma agraria que se ha operado no ha sido para distribuir la tierra sino para expulsar de ella a los labriegos y para concentrar en mayor grado su tenencia y su titularidad.

 

El modelo de desarrollo económico que nos ha sido impuesto desde hace más de veinte años, el del neoliberalismo, antes que reducir la pobreza la ha acrecentado, en Colombia y en las demás latitudes en que reina el engendro.  La riqueza y el ingreso se acumulan en pocas manos.

 

El narcotráfico ha creado la cultura de la corrupción y ha llegado a convertirse en modelo distributivo en oportunidades de trabajo y hasta de enriquecimiento fácil y súbito, similar al de los explotadores extranjeros de las minas de plata y oro de los siglos XVIII y XIX.  La extraordinaria rentabilidad del negocio, que cubre todos los riesgos imaginables, ha comprado conciencias y comprometido voluntades en todo el andamiaje de nuestras instituciones y ha relajado los resortes de la moralidad y de la ética de nuestros conciudadanos hasta límites en que se impone el dinero como valor prevalente, y se desconoce los derechos fundamentales, empezando por el de la vida.

 

No puede soslayarse la miopía con que los sectores de capital, en íntima comunión con los gobiernos de turno, han preferido continuar construyendo un sistema económico que ha creado un cuerpo social deforme en el que la base popular, en su gran mayoría, no participa en el proceso económico por falta de poder adquisitivo, y el mercado interno se ve angostado para sólo satisfacer una capa media en franco deterioro, y la media alta y alta fortalecidas.  El resultado de éste proceso ha sido el florecimiento del capital financiero y especulativo y el marchitamiento de la actividad productiva que genera riqueza, colocando al país en circunstancias de inferioridad en los procesos de integración económica regional y continental, ante países de similar desarrollo del área, como se está registrando ante la posibilidad de suscripción del ALCA y otros acuerdos comerciales o aduaneros..

 

Los representantes de los sectores sociales se han convertido en objetivo militar de los grupos de extrema derecha y de cierto grado de repudio de los gobiernos de turno, impidiéndoles jugar un papel racional dentro del proceso de crecimiento igualitario de la sociedad y de participación efectiva en el desarrollo económico nacional.

En éste resumen sobre los principales actores en el devenir histórico colombiano, que tanto tiene que ver con la búsqueda de la gobernabilidad, hay que destacar el papel que la iglesia, las organizaciones no gubernamentales, la universidad, los movimientos indígenas, vienen jugando, aunque a veces en forma dispersa y falta de coordinación.

 

Simultáneamente al crecimiento del caos, los partidos políticos se fueron atomizando hasta convertirse en empresas políticas individuales o familiares con precaria cohesión ideológica y programática, perdiendo por tanto el papel que en toda democracia deben jugar como organizaciones de la sociedad en la construcción del Estado. Corrupción, clientelismo, desorganización, indisciplina han sido las constantes percibidas por la opinión pública.,.

 

La institución que mayor responsabilidad ha tenido durante el proceso continuado de violencia ha sido el de las Fuerzas de Seguridad, Militares y de Policía, como depositarios de la violencia legítima del Estado y como grupo clave en la búsqueda de gobernabilidad.  El amplio debate nacional que en estos días se realiza sobre la eficiencia y transparencia de su misión, es clara muestra de su cuestionado cumplimiento.

 

Las claves de la gobernabilidad sostenible.

 

Tal como se anota en el libro, Coppedge define la gobernabilidad como el respeto que las instituciones formales e informales del proceso político tienen por el poder relativo que detentan los grupos relevantes (grupos de interés ó de presión) que actúan en la arena pública.

Como puede apreciarse, se trata de buscar la armonización de dos partes: de una, el de las instituciones que conforman el Estado, y, de la otra, los que actúan en representación de intereses ?ideológicos, políticos, religiosos, culturales, económicos, sociales- que representan y ejercen poder dentro de sus respectivas órbitas, pero que también lo proyectan en la arena política.

El objeto de ésta sintonía es alcanzar compromisos que se conviertan en programas de efectivo cumplimiento por la clase política elegida, la formación de mayorías que le den viabilidad y anticipadamente determinen la forma de dirimir sus conflictos.

 

El logro más apreciable de la gobernabilidad es la estabilidad en todos los ordenes de la vida nacional, porque anticipadamente se conocen las reglas del juego, porque existe un acuerdo de voluntades de los principales actores de la vida nacional, el cual se hace viable a través de mayorías comprometidas en los respectivos objetivos.

Colombia ha ido cayendo en un estado de barbarie y descomposición social que ninguno de los aquí presentes aceptamos como el tipo de comunidad en la que deseamos vivir, sin la ilusión de un proyecto de vida para nosotros y nuestra descendencia. Parto del presupuesto de que todos anhelamos la convivencia pacífica y democrática en la que prevalezcan valores éticos y morales y las oportunidades sean crecientemente igualitarias.  El problema que nos queda es cómo alcanzar ese objetivo que nos identifica y nos debe unir.

Todos estamos cansados de hacer o escuchar diagnósticos y hacer evaluaciones de la sociedad y del Estado de nuestro país, aunque metodológicamente resulte indispensable. Por eso, el recorrido histórico, jurídico y político, como el que se presenta ENTRE LA DEMOCRACIA Y LA BARBARIE no podía concluir sin una propuesta que permita englobar las diferentes acciones que en mi concepto son preciso ejecutar para la superación de nuestras dolemas.

Se trata de crear las condiciones necesarias para generar un consenso político y social que logre concretarse en un PACTO DE ESTABILIDAD PARA LA GOBERNABILIDAD ? PEG ? en el cual se armonicen justamente esas dos partes de las que acabamos de hablar cuando conceptualmente definíamos la gobernabilidad, es decir, el Estado, los partidos políticos, los representantes del sector social, los voceros de las asociaciones económicas, la iglesia, la universidad, los militares, conservando cada quien su autonomía pero comprometiendo su voluntad en la ejecución de los programas del Pacto.

No se trata de otro Frente Nacional en el que se coaliguen todas las partes para detentar el poder y usufructuar canonjías.  En el PEG los partidos políticos siguen gozando de total autonomía.  Si uno o varios están en la oposición, en ella deberán continuar, salvo en lo concerniente a la ejecución efectiva de los programas y proyectos en los cuales se ha comprometido al suscribir el PEG.

 

El Pacto no es una simple enunciación de aspiraciones genéricas, sino de expresiones precisas, técnicas, reglamentadas y debidamente financiadas.  Podría decirse que de lo que se trata es de identificar el tan anhelado propósito nacional, para lo cual es necesario llegar a uno o varios  acuerdos sobre los programas y proyectos necesarios para su ejecución.

El objetivo general del Pacto no puede ser otro que el de propiciar la creación de los factores necesarios para la convivencia pacífica y civilizada entre los colombianos.

 

Los objetivos específicos, materia de cada uno de los programas y de sus respectivos proyectos que lo ejecuten, tendrían que ver con materias tales como:

 

-         La creación de condiciones básicas para combatir la desigualdad en las oportunidades a fin de alcanzar una calidad de vida digna y la superación personal, asignadas prioritariamente a las clases desposeídas..

 

-         Diseñar un modelo de desarrollo económico que permita el aprovechamiento de nuestros recursos, mediante el cual se logre el incremento de la productividad, la ampliación del mercado interno, se potencie la competitividad internacional de nuestros productos y se creen mecanismos efectivos de redistribución de la riqueza y del ingreso.

 

-         La refundación de los partidos políticos con miras a mantener un amplio pluralismo en el cual quepan partidos minoritarios.

 

-         La solidaridad de los gremios económicos y de la iglesia con los programas de justicia social y de corrección de los factores estructurales que asfixian a la sociedad colombiana

 

-         El nuevo papel de las Fuerzas de Seguridad, militares y de policía, a fin de garantizarles el cumplimiento de su misión dentro del respeto de los derechos humanos, teniendo en cuenta que ?el uso de la fuerza requiere una elaborada justificación moral para asegurar el apoyo popular?.

 

-         La asociación económica y política de los países latinoamericanos a fin de aumentar su capacidad de negociación en los escenarios internacionales y disminuir el grado de dependencia política, económica y militar de Estados Unidos y otras grandes potencias.

 

-         La movilización de la juventud a través de diferentes canales de expresión a fin de incrementar su participación en los asuntos de interés público.

 

-         Una Asamblea Nacional Constituyente que restablezca la majestad de la Constitución como concreción filosófica que se expresa en una norma superior, con los necesarios desarrollos legales y reglamentarios, para establecer los  propósitos colectivos y señalar las grandes vías de relación entre Estado y sociedad. y  se abra una atractiva y generosa ruta de negociación y reincorporación de las fuerzas insurgentes para que concurran a la construcción progresiva de la nacionalidad dentro de marcos democráticos.

 

Se  puede argumentar, con indudable acierto, que esto suena a un programa de gobierno y que muchos de estos puntos los está intentando llevar a cabo el Presidente Álvaro Uribe. Sí. Pero hay  grandes diferencias.

 

En primer lugar, en vez de ser un programa de gobierno, sería un Pacto de Estado, que compromete a éste y  a futuros gobiernos, sin importar quien gobierna y quien está en la oposición.

En segundo lugar, se trata de concitar y comprometer las fuerzas mayoritarias de la nación, no sólo las políticas, en la ejecución de los programas y proyectos, con la suficiente y garantizada financiación, y no seguir en la negociación al menudeo de cada una de las iniciativas del gobierno, práctica que conduce irremediablemente al clientelismo.

 

En tercer lugar, se trata de generar una cultura de consenso, de unidad nacional, de diálogo, de transacción, de tolerancia que hoy no existe.

 

Y, por último, se busca continuidad en la acción de conjunto, es decir, hallar la ruta de una gobernabilidad sostenible, perdurable.

 

Si la ingobernabilidad ha sido la constante de nuestra vida política, hay legítimo derecho para intentar la contraria, que es la correcta, la que conviene para salir de la encrucijada que nos atormenta y nos avergüenza.

Quedarían muchos temas por fuera del Pacto, que debatirían libremente los partidos políticos, las fuerzas económicas y sociales en los escenarios que les son propios y que seguirían el curso tradicional de discusión y acuerdo. Los temas del Pacto deberán ser tramitados y cumplidos por los signatarios con lealtad dentro de los mecanismos que se convengan.

También se puede argumentar que esto no es nada novedoso. En efecto, el Pacto de la Casa de la Moneda, cuando se quiso restablecer las instituciones democráticas después de los intentos dictatoriales de la mitad del siglo pasado en nuestro país, es un antecedente, aunque sin la fuerza coercitiva que el PEG tendría. Algo más: se puede asemejar al Pacto de la Moncloa que ayudó a los españoles a la andadura de la transición entre cuarenta años de dictadura y la democracia. O de otros pactos recientes, como el de seguridad, tendiente a combatir la violencia de ETA. Y muchos más. Lo importante de destacar es que mientras no creemos la cultura del consenso, mientras no nos identifiquemos en lo esencial, tanto en nuestros propósitos como en las acciones para alcanzarlos, no será posible derrotar la barbarie.

En esta etapa de la vida nacional, sobran los pendencieros, y aumenta la demanda de gentes amantes de la armonía, la tolerancia y la paz.

 

Señor Doctor Juan Manuel Santos:

Ha sido Usted muy generoso al aceptar la invitación a presentar este mi cuarto libro, y especialmente  en las palabras que ha pronunciado con relación a la obra y a mí.  Este gesto compromete mi gratitud.  Tiene usted un amplio repertorio de ejecuciones, un envidiable escenario y las suficientes capacidades intelectuales y morales, así como la vocación de servicio, para continuar en el ejercicio de la política como noble actividad, cuando de veras se persigue el interés general y el bienestar del ciudadano, presupuestos básicos para la construcción de nación y democracia..  Trabaja Usted desde la Fundación ?Buen Gobierno? en la capacitación, formación y desarrollo de los servidores  en los diferentes estadios del servicio público.  Es Usted uno de los  colombianos que mejor conoce la intimidad de nuestro sistema económico, sus potencialidades y sus debilidades, sus aciertos y sus injusticias.  Igualmente, mantiene vivo su interés y amplía permanentemente su conocimiento de las relaciones internacionales de las naciones y los pueblos, elemento indispensable para lograr encajar la suerte futura de la nación colombiana dentro de las diferentes corrientes universales del pensamiento y del progreso..  Para Usted no es extraño el papel que juega la globalización, la libertad de mercados, las nuevas tecnologías, el terrorismo internacional y la formación del nuevo orden mundial.. Le espera y le deseo el mejor de los éxitos en su noble tarea.

Con el libro que Usted acaba de presentar no he pretendido invadir los terrenos de los historiadores, ni de los constitucionalistas, ni de los científicos sociales, que merecen toda mi admiración, solidaridad y respeto, aunque a ellos he recurrido en busca de apoyo a la argumentación y al mensaje que me he propuesto como misión al escribir este libro. Mensaje dirigido de manera prioritaria a la juventud, para que ella, mediante el repaso del proceso histórico de Colombia,  conducido a través del tema de la gobernabilidad, o para decir más apropiadamente, la ingobernabilidad, puedan formar su propia opinión y motivarse a participar activamente en la construcción continuada de nuestra nacionalidad inspirados en principios democráticos y valores éticos..

A las nuevas generaciones corresponde definir el modelo de sociedad y de Estado que deseen construir.  Misión y derechos reconocidos históricamente a cada generación.  Es también una obligación que les compete y que tienen que cumplir sin pedir permiso a nadie.  Es su deber y su responsabilidad.  Es la misma que les compete a los jóvenes de los demás países latinoamericanos, por lo que se insinúa la estrategia de asociación mancomunada.  De todas maneras, tarea complicada, nada fácil, si el sistema capitalista, la globalización discriminatoria de la economía, y la supremacía del mercado van a seguir imperando sin regulación internacional alguna y sin asomo apreciable de solidaridad internacional efectiva.  Y, por si fuera poco, con el designio de la guerra internacional permanente.

 

Tarea y Misión en la que de todas maneras vale la pena participar con devoción, determinación y fe.

Es su país.

Es su futuro.

 

Bogotá, Agosto 27 de 2003

 

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