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Tuesday, 22 August 2017

       

 

 

 

“La empresa colombiana de petróleo (ECOPETROL) deberá incrementar este año la exploración de nuevos yacimientos; de lo contrario tendrá que importar crudo mucho antes de lo previsto inicialmente desde mediados de esta década. La relación de éxito el año pasado, en las labores de exploración, fue de apenas el cincuenta y cinco por ciento para la petrolera estatal y del veinticinco por ciento para las asociadas.”

 

 

 

  

 

 

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Gonzalo Palau Rivas

Economista

Profesor de la Universidad del Rosario, Bogotá Colombia








 

Cualquiera que lea desprevenidamente este encabezado –debidamente entrecomillado- podrá pensar que es una seria advertencia sobre el futuro inmediato de la otrora joya de la corona y principal fuente de ingresos para el estado colombiano y tema de profunda reflexión para la baraja de candidatos propuestos para asumir, a la mayor brevedad posible, las riendas de la empresa.

La verdad es que el párrafo en cuestión está extractado de la edición de El Tiempo en su edición del sábado 14 del presente mes y corresponde a su vez, a la muy ilustrativa y pintoresca sección denominada “Hace 50 años”. Hecha la aclaración histórica, no está por demás hacer unos breves comentarios sobre la vigencia actual de esta vieja noticia. La abrupta caída de la acción en los mercados bursátiles (Bogotá y Nueva York), más que  a la estrepitosa caída del precio del barril,  obedece fundamentalmente a la misma perspectiva muy poco favorable que se reseñaba hace cincuenta años. El nivel actual de reservas probadas no va más allá de cuatro o cinco años. Un eventual retorno de los precios a US$100 dólares por barril poco o nada aliviaría las finanzas de ECOPETROL, dado que no hay mucho crudo por extraer y por consiguiente poco margen para atender la demanda externa al precio que sea. Es como tener progenitora pero ya fallecida.

Repitiendo la triste historia de hace diez lustros, el nivel reciente de éxito en materia de exploración ha sido muy bajo, a pesar de haber gozado de un período de bonanza en los precios y por consiguiente de unos excedentes de caja que han debido permitir resultados más que satisfactorios. Si la bonanza no permitió garantizar la sostenibilidad del negocio, ¿cómo se va a lograr este propósito, ahora en medio de la escasez y de las afugias? 

Alguien podrá argumentar que si ECOPETROL ya pasó por éstas y posteriormente disfrutó y gozó una transitoria pero importante bonanza, ¿para qué preocuparse? Respetuosos de la visión histórica del filósofo Maduro vigente en la región, exclamaríamos: “Dios proveerá y volverán las épocas de las vacas gordas”. Esperemos y confiemos más bien en que el candidato escogido por el “head hunter” para asumir la dirección de la empresa, sea plenamente consciente del tremendo reto que le espera y diseñe un plan estratégico que la convierta en una empresa verdaderamente eficiente y competitiva, además de impoluta e integérrima. 

Ahora bien, si el panorama  de la empresa más grande de la economía colombiana -cuya propiedad accionaria está repartida ochenta y nueve por ciento en poder del estado y once por ciento entre un número amplio de particulares- no es el más halagüeño posible, de características similares es la perspectiva para las finanzas públicas del  gobierno nacional.

Recordemos que hasta el año pasado y mientras duró la bonanza minera y especialmente la relacionada con la extracción y venta de petróleo y con precios internacionales por barril superiores a US$100, ECOPETROL transfirió al gobierno nacional a título de utilidades cada año una suma  muy cercana a los $10 billones (aprox US5.000 millones). Gracias a este apalancamiento el gobierno mantuvo una cierta holgura financiera en las disponibilidades de recursos para cumplir con los compromisos adquiridos a través de la ley de Gasto o Presupuesto Nacional y evitó tener que endeudarse más allá de lo que la ortodoxia recomienda.. La nueva realidad del negocio (precios internacionales cercanos a los US$50) golpea fuertemente  esta relativa abundancia y le genera al gobierno un serio problema para el cuadre de sus finanzas con respecto al actual 2015 pero especialmente para el 2016.

Fruto de esta situación ya se han producido dos efectos concretos: uno, el recorte de $6 billones en el presupuesto a ejecutar en el 2015 anunciado por el presidente Santos  -siendo el rubro más afectado la inversión pública- y la imperiosa necesidad de volver a diseñar una nueva reforma tributaria de carácter integral, que para infortunio de los contribuyentes se traducirá en nuevos impuestos o en incrementos en las tarifas de los ya existentes.

 


 
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