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Friday, 24 March 2017

  

 

 

 

 

 

El fallecimiento de uno de los líderes más respetados de la izquierda en Colombia, deja no solo una vacío en esa colectividad sino que significa el fin de un capítulo para el progresismo en el país.

 

                       

 

 

 

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Mauricio Jaramillo-Jassir

Politólogo

Profesor de la Universidad del Rosario y de la Escuela Superior de Guerra, en Bogotá Colombia

 





En las últimas décadas, la izquierda había aparecido fragmentada en buena medida, porque no ha habido una sola interpretación sobre la postura a asumir frente al gobierno en el tema de la paz, el acercamiento con otros sectores, o simplemente por enemistades que han surgido en el seno de algunas colectividades de esa filiación.

Gaviria le imprimió a la izquierda colombiana una vocación profundamente humanista, que terminó de confirmar la ruptura de la izquierda democrática con la armada alejada de esos principios, pues no existe ninguna forma más directa de contradecir el humanismo que poniendo al ser humano como instrumento. El desprecio por la vida que durante décadas y especialmente en los noventa comprobaron las guerrillas, solo demuestra la incompatibilidad entre lo expuesto por el ex magistrado Carlos Gaviria y la denominada combinación de las formas de lucha.

Ahora bien, el legado de Carlos Gaviria sobrepasa a la izquierda y se inscribe más bien en un ideario que reivindica una titularidad de derechos, que durante décadas millones de colombianos no han ejercido en parte por la precariedad del Estado, la crudeza del conflicto, y en buena medida valga reconocerlo, por una profunda convicción conservadora que ha impedido una inclusión catalogable como universal. Aunque gracias a la labor de Gaviria se avanzó en temas como la eutanasia y el aborto, es indudable que aún existen serias amenazas contra la promoción del pleno goce de derechos de algunas comunidades que siguen sufriendo la discriminación. Sobresale en este panorama la Procuraduría, enemiga de conquistas sociales de la Constitución de 1991, y de algunas sentencias de la Corte Constitucional.

A pesar de que la vigencia de las ideas de Carlos Gaviria parezca indiscutible, la Colombia de hoy atrapada en la polarización, parece desconocer los avances que se habían logrado. Recientemente y a propósito del debate sobre la adopción por parte de parejas del mismo sexo, salieron a relucir posturas claramente discriminatorias que incluso se escudaban en la ciencia, para justificar lo que en el siglo XXI es inexcusable como considerar la homosexualidad como enfermedad. Se trata de una apología a la discriminación que no debe tener cabida en una Universidad encargada de formar jóvenes para que sean tolerantes, en una sociedad que durante décadas ha solucionado sus problemas con dogmas.

La muerte de Gaviria, trágica como todas, invita a la reflexión sobre la intolerancia como instrumento

político de la izquierda y de la derecha, y que sigue haciendo un profundo daño a generaciones que no

conocen ninguna posibilidad de convivencia.

 

 
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