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Sunday, 26 March 2017

La encrucijada de la autoridad monetaria

       

 

 

 

 

 

La Junta Directiva del Banco de la República de Colombia se encuentra en una encrucijada bien compleja de dilucidar. 

 

 

 

  

 

 

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Gonzalo Palau Rivas

Economista

Profesor de la Universidad del Rosario, Bogotá Colombia








 

 

La coyuntura por la que está atravesando la economía no es fácil de definir y por lo tanto no existe la claridad necesaria para la toma de decisiones correctas y apropiadas en materia económica.

De una parte es de público conocimiento que la economía colombiana fue tal vez la de mejor desempeño en toda América Latina a lo largo del año 2014, con excepción únicamente de la de Panamá, pero hay que reconocer que la situación económica de este último país es y ha sido totalmente atípica por razones históricas y geográficas que no es necesario traer a colación en este momento. La sola obra de ampliación del canal interoceánico es algo de gran impacto pero que solo se puede dar en este país.

Para Colombia, el resultado final del 2014 arroja un crecimiento real del PIB del 4.6%, que seguramente genera envidia a nivel del resto de los países de la región. Sin embargo, una historia es lo que ya ocurrió y otra historia es lo que está por venir. Al descomponer por trimestres el crecimiento total en el año, se observa una fuerte desaceleración en el tercer trimestre y especialmente en el cuarto período. De haberse sostenido la tendencia de la primera mitad del año, seguramente el crecimiento total hubiese estado por encima del cinco por ciento, tal como lo tenía previsto el gobierno en sus pronósticos iniciales.

La tremenda caída del precio internacional del petróleo y de otros productos mineros, de los cuales deriva su mayor impulso la economía colombiana, dio al traste con las expectativas favorables a comienzos de año. Sin embargo, lo más preocupante está en el hecho indiscutible que esas perspectivas son ahora mucho más negativas para el año de 2015, que acaba de comenzar. Mientras el gobierno nacional, según testimonios y declaraciones públicas del ministro de Hacienda se aferra casi más por orgullo que por convicción, a un crecimiento entre el 4.3% y el 4.5%, el mismísimo Banco Central ya se bajó de esa nube y sorprendió a la opinión pública en el mes de febrero cuando se atrevió a vaticinar un crecimiento de apenas del 3.6%, en el mejor de los casos.

Proviniendo esta perspectiva de fuente tan autorizada como el Banco Central, el efecto en cascada sobre otros actores que permanentemente están mirando y consultando la famosa “bolita de cristal” no se hizo esperar. Los más pesimistas, o como se suele decir los mejor informados, ya han salido a prever tasas de crecimiento por debajo del 3.0%, cifra absolutamente inaceptable para un país con tantas necesidades sociales por atender y satisfacer. En el marco de este nuevo escenario, el Banco de la República suspendió desde agosto la tendencia a subir su tasa de interés pues dejó de tener validez el principio según el cual, la economía había llegado al tope de su crecimiento natural sin generar presiones inflacionarias. Por el contrario, ya se escuchan voces autorizadas que claman y solicitan que el Banco revierta su postura y retome la senda de disminuciones en la tasa de interés con el fin de estimular el aparato productivo e impulsar el crecimiento.

El problema para tomar esta decisión es que la inflación, que en los últimos cinco años había estado totalmente bajo control llegando a ser el mayor logro de política económica, está mostrando síntomas inequívocos de recrudecimiento hasta llegar a colocarse por encima de la meta del 4.0% anual, establecida desde un principio por la autoridad monetaria.

Que la inflación se reavive un una coyuntura de crecimiento acelerado tiene cierta lógica y es ahí cuando un banco central debe poner freno a través de instrumentos de contracción monetaria (básicamente alzas en la tasa de interés). Pero que el resurgir de la inflación se dé en un entorno de desaceleración y es6tancamiento como el ya comentado en la segunda mitad del 2014, es algo hasta cierto punto paradójico y que deja a la autoridad monetaria en el peor de los mundos. Para reactivar la economía debería bajar la tasa de interés pero para apagar el hervor de la inflación, debería decidir lo contrario. Europa y Japón no han tenido problema alguno con aplicar política monetaria expansiva con inflaciones del cero por ciento, o incluso por debajo de cero.

En Colombia, por el contrario, se está dando una fuerte desaceleración pero con recrudecimiento de la inflación. Algo así como la antesala del peor de los escenarios definido en los textos de teoría económica como “estanflación”.

¿Por qué se está dando esta coyuntura tan poco deseable? Claramente la fuerte depreciación del peso colombiano, así como muchas otras monedas de la región, ha encarecido el costo de un gran número de productos de consumo provenientes del exterior, lo mismo que de gran cantidad de materias primas indispensables para los procesos productivos. Más temprano que tarde esto repercute en los precios de los bienes finales que conforman la canasta familiar.

Ante tanta ambigüedad e incertidumbre, los miembros de la Junta Directiva del Banco han optado  en sus últimas reuniones por la vía intermedia, o sea dejar las cosas quietas y no introducir cambios en ningún sentido. Esta actitud sin embargo, no es sostenible en el tiempo y muy pronto será inevitable tomar definiciones en uno u otro sentido.

 


 
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