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Friday, 24 March 2017

 

La canciller colombiana ha salido a rechazar con particular vehemencia y acaloramiento las sanciones impuestas por los Estados Unidos al régimen despótico de Nicolás Maduro.

 

 

 

 

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Vicente Torrijos

Economista

Profesor de la Universidad del Rosario, Bogotá Colombia









 

 

El ardor de la Canciller resulta deconcertante e invita a reclamar tacto, prudencia y mesura, por varias razones.

Primero, porque el arrebatamiento no es buen acompañante de las funciones diplomáticas y, aunque estilos hay, unos son más eficaces que otros al momento de fortalecer ( u horadar ) los intereses nacionales.

Segundo, porque no se trata de un asunto que afecte a Colombia sino a una camarilla que se ha instalado en Miraflores para expropiar, perseguir, reprimir, encarcelar, oprimir, denostar, intimidar y solazarse. 

Pero, claro, cuando un gobierno se compenetra tanto con el absolutismo de la familia Castro, del Secretariado, de Diosdado y de Carondelet, llegando incluso a desarrollar negociaciones ( ¿ secretas ? ) con Ortega a despecho de la integridad territorial, tarde o temprano termina asimilando la conducta de tan execrables compañías.

Tercero, porque al salir en defensa de Maduro y su nomenclatura, la canciller se pone al servicio de una dictadura sin el menor rubor, alimentando así los apetitos de los socios del chavismo que, desde La Habana, acechan para asaltar la democracia colombiana valiéndose, precisamente, de la candidez que exhibe la Ministra, reflejo, en todo caso, del contagio que padece la Casa de Nariño.

Cuarto, porque lo peor que puede sucederle a un canciller es pensar con el deseo hasta el punto de sostener que “las sanciones de un país a otro no llevan a nada” cuando la historia diplomática está plagada de experiencias positivas contra el autoritarismo aunque, eso sí, las sanciones suelen fallar cuando los vecinos del redentor se ponen de su lado y lo arropan con su complicidad.

Y quinto, porque con cierto cinismo apela a la empalagosa semántica del "diálogo" directo entre Estados Unidos y Venezuela cuando, a juzgar por su propia conducta, lo que San Carlos entiende por diálogo no es más que dilación, encubrimiento y, sobre todo, legitimación de las prácticas totalitarias, todo ello a cambio de que antes de las elecciones de octubre los escuderos de las Farc le ayuden al Presidente a tener la firma de Timochenko en un papel. 


 
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